Mientras navegamos en el invierno del tiempo, el frío cala los huesos con cada paso que damos en la historia. Parecería que después de un sinuoso sendero, aparecerá la luz que nos devolverá la esperanza, pero de pronto nos encontramos con un acontecimiento nuevo, quizás peor que el anterior: la naturaleza gimiendo, dando alaridos porque ya no soporta nuestra depredación, el maltrato y el cinismo racionalista de buscar otras razones, otras narrativas que sigan promoviendo la extinción sistemática de las especies: una ética situacional, sostenida y amparada por el capitalismo y esta lógica de mercado que permea nuestras realidades. Si el lector piensa que es exageración, solo hace falta echar un vistazo a lo nocivamente normalizado como la comida chatarra, el fast fashion, las “ofertas de fin de año” -materialismo puro-, y cosas que desensibilizan la vida, la alienan como la meritocracia aliena el valor de la vida.
Al respecto, esta época neoliberal, la lucha por la hegemonía política en América, sume al continente en la zozobra de un dictador como Trump que cree que puede meter las manos donde quiere y como quiere, engañando “de ser posible, hasta a los elegidos (Mt. 24:24)”, con discursos racistas, religiosos, aparentemente piadosos de los “altos valores de la familia y la vida”, y de un Estados Unidos grandioso a costa, por supuesto, de otros países (el fin justifica los medios). Pero no es sino pura hipocresía, ética situacional, la religión de un “protestantismo de Estado”. “México, narco Estado”, dice una persona, “ha matado más personas que USA”, pero esa misma persona no vive la realidad geopolítica, desde quien maneja el negocio, hasta como esa “inocencia” que defiende las libertades vive de la industria de la guerra. Cualquier amor exacerbado por la patria, por el Estado, es idolatría pura. El fetichismo del poder se goza en ello. Pequeños reyes ridículos con algo de poder exterminando un pueblo entero con una maquinaria costosísima para controlar el paso a Eurasia (a los recursos, al petróleo), borrando en el camino las infancias en la misma tierra donde nación el Señor… Y todavía se atreven a decir que son “cristianos”. Ningún Estado, por definición -y queda claro a partir de los Hechos- puede fundamentarse en la religión. El Reino de Dios y el reino del mundo nada tienen que ver.
El Antropoceno es Adam (en su significado hebreo: “humanidad”) comiendo el fruto prohibido, en la mayor arrogancia. Se ha vendido la dignidad originaria por un plato de lentejas a las Potestades que gobiernan el aire, cuyos nombres son Black Rock y semejantes y cuyo poderío se extiende en la desinformación de las redes con su mayor arma la I.A., volviendo ignorantes a las personas, gente que cree que consume verdades en máximo 45 segundos.
La ignorancia, la ceguera ante la realidad justifica las guerras o, mejor dicho, las invasiones opresoras, y con ello viene el hambre, la muerte. En la lógica de la dialéctica de la historia, jamás terminamos de ser el señor o el esclavo: nunca encontramos verdadera superación. Atisbos libertarios, sobre todo en América Latina (México, Brasil, Colombia…), pequeños momentos de “esperanza” marcados por la tensión geopolítica de las derechas neoliberales: más muerte, más narco; más agentes de la CIA desestabilizando Estados, más dolor.
Y nosotros, que creemos en un Dios de Justicia y Perdón, que vino a la realidad humana para decirnos con su vida que “otro mundo es posible”, preguntamos, como nuestros hermanos en la historia, los que han dado todo por fidelidad “¿hasta cuándo Señor, hasta cuándo?” (Ap. 6:10). Y el Señor responde: “¡Resistan! ¡Resistan y no se quiebren!” No es que la humanidad esté sola, como si se hubiera dicho “ustedes arruinaron todo, ustedes lo componen”, sino que más bien, el hombre Justo y Perfecto nos enseñó a enmendar la historia en medio del sufrimiento, porque donde cae la semilla y muere, hay vida, hay regeneración… La Cruz no es una Cruz quieta. La Cruz, la misma que cargamos todos los días, tiene el poder de trastocar la historia y volverla un sendero que se allane, se nivele, se endereza para la segunda venida del Mesías. Siempre hay esperanza, donde otros han proclamado el poder del Estado, el Capital, o el narco, la ultraderecha con ínfulas fascistas como la de Trump, Miley o Bukele, nosotros proclamamos que el Rey es Jesús, y su propuesta es holística; su mística es el Amor encarnado y real, tan perfecto como él lo hizo (Jn. 13:34).
El año se fue, no sabemos si vendrá un futuro prometedor, pero es menester hacer esta reflexión, pues con ella nos damos cuenta de cuán grande es nuestra dependencia del único que nos sostiene en la historia, y que tiene poder para cambiarlo todo. De todos modos, muchos de los discursos esperanzadores en América Latina toman Sus palabras como base para romper con la dialéctica de la historia, ¡ojalá se encarne en sus realidades! Verán como otro Reino es posible, y compartirán el gozo que sentimos cuando llegamos a nuestras pequeñas comunidades donde el Amor se puede abrazar y se transforma poco a poco en acciones de Justicia y Gracia, ¡pequeños santuarios de esperanza!
Si, 2025 se fue. No sabemos qué guerras, qué tragedias ecológicas, que estrategias malsanas tomará el gran Capital. Sin embargo, nuestra esperanza no está puesta en nada de eso. Decimos, como fe y esperanza como Habacuc hace tanto (3:17-19):
Aunque la higuera no florezca,
Ni en las vides haya frutos,
Aunque falte el producto del olivo,
Y los labrados no den mantenimiento,
Y las ovejas sean quitadas de la majada,
Y no haya vacas en los corrales;
Con todo, yo me alegraré en Jehová,
Y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza,
cual hace mis pies como de ciervas,
Y en mis alturas me hace andar.
Podríamos ver todo tan gris como una densa capa de ceniza. Pero no es así. No para los que amamos al Señor. Para nosotros, la vida se va pintando de colores en nuestros corazones, hemos conocido el secreto de la Alegría: la justicia, la misericordia y el ardiente amor del Señor sostendrá nuestras vidas.
Feliz año nuevo.
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