Diciembre llega cada año con su propio torbellino. Luces, agendas llenas, balances, viajes, compras y celebraciones se superponen hasta dejarnos sin aliento. En medio de ese ritmo acelerado, la Navidad corre el riesgo de convertirse en un ruido más, domesticado y predecible. Sin embargo, para la fe cristiana —y de manera particular para la tradición anabautista— la Navidad no es un adorno espiritual ni una pausa sentimental, sino una profunda provocación teológica y ética.
La encarnación nos confronta con una verdad escandalosa: Dios eligió hacerse presente no desde el centro del poder, sino desde los márgenes. No nació en palacio, sino en un pesebre. No fue recibido por élites religiosas o políticas, sino por pastores. La Navidad anuncia que Dios se revela en la vulnerabilidad, en la sencillez y en la vida cotidiana de los pobres. Para las comunidades anabautistas, esta afirmación no es solo una doctrina que se confiesa, sino una forma de vida que se practica.
Desde sus orígenes en el siglo XVI, el anabautismo ha insistido en seguir a Jesús de manera concreta, visible y comunitaria. Creer en el Dios encarnado implica tomar en serio el cuerpo, la historia y las relaciones humanas. La Navidad, entonces, nos recuerda que la fe cristiana no se vive en abstracto, sino en la carne del mundo: en la hospitalidad, en la justicia, en la paz y en la solidaridad con quienes viven al borde del camino.
En tiempos marcados por la violencia, la migración forzada, el racismo y las profundas desigualdades económicas, el nacimiento de Jesús sigue siendo una palabra subversiva. Proclama que otro mundo es posible porque Dios ya ha decidido habitar este. Para la espiritualidad anabautista, celebrar la Navidad es renovar nuestro compromiso con una iglesia encarnada, cercana a las heridas del pueblo, que resiste la tentación del poder y opta por el camino humilde del servicio.
Pero ¿Cómo cultivar esta mirada en medio del cansancio de fin de año? ¿Cómo escuchar nuevamente la voz de la Navidad cuando todo parece urgirnos a correr más rápido? A veces, la respuesta es tan sencilla como difícil: detenernos. Hacer silencio. Escuchar. Volver a asombrarnos.
Con ese espíritu nace el episodio especial del podcast Un Momento de Anabautismo Navideño. Para este fin de año, el programa nos ofrece un regalo distinto: su invitado no es una persona, sino la Navidad misma. El episodio propone un espacio de pausa y contemplación, una invitación a sentarnos junto al pesebre y dejar que el misterio de la encarnación vuelva a hablarnos con profundidad.
El episodio está tejido a partir de tres lecturas cuidadosamente seleccionadas. Dos de ellas provienen del libro La eternidad en un pesebre, del reconocido autor anabautista Carlos Martínez García. Con una prosa sensible y provocadora, Martínez García nos conduce a contemplar el nacimiento de Jesús desde la humildad del pesebre y, al mismo tiempo, desde la grandeza del amor de Dios. Sus reflexiones nos recuerdan que lo pequeño puede contener lo eterno, y que Dios sigue revelándose en aquello que el mundo suele despreciar.
La tercera lectura es el cuento “El Hijo se hizo hombre en Navidad”, del padre Lucas Prados. Se trata de un relato cargado de ternura, que invita a mirar la encarnación con ojos nuevos. Lejos de explicaciones dogmáticas, el cuento nos acerca al misterio desde la cercanía y la imaginación, ayudándonos a redescubrir la Navidad como un acto de profunda intimidad divina con la humanidad.
Escuchar este episodio no es un ejercicio intelectual más; es una práctica espiritual. Es permitir que las palabras nos desaceleren, que nos devuelvan la capacidad de asombro y que reorienten nuestro corazón hacia el centro del evangelio. En una cultura que consume la Navidad rápidamente para pasar página, esta propuesta nos invita a habitarla con paciencia y reverencia.
Desde una perspectiva anabautista, este gesto es profundamente coherente con nuestra fe. Detenernos ante el pesebre es un acto de resistencia espiritual. Es rechazar la lógica del éxito, del consumo y del poder, para abrazar el camino de la encarnación: Dios con nosotros, Dios entre nosotros, Dios en nosotros.
En esta Navidad, la invitación es sencilla pero profunda: haz espacio. Escucha. Comparte. Permite que estas lecturas y reflexiones acompañen tu cierre de año y alimenten tu esperanza. Te animamos a escuchar Un Momento de Anabautismo Navideño, a compartirlo con tu comunidad y a dejar que la Navidad vuelva a hablarnos con toda su fuerza transformadora.
Que el Dios que se hizo niño renueve nuestra fe, fortalezca nuestra vida comunitaria y nos envíe, una vez más, a vivir el evangelio con humildad, justicia y amor.
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