Ser comunidad sin miedo

Foto por Carolina Zambrano Foto por Carolina Zambrano

El título de este escrito puede dirigir la atención hacia la importancia de ser parte de una comunidad a pesar del miedo de abrirnos a otras personas, a salir de nuestra zona de confort, a confrontar nuestro individualismo egoísta e incomodarnos en el encuentro con el otro. Pero también puede apuntar al hecho de que muchas comunidades fundan su sentir en común y su unidad en el miedo compartido hacia algo o alguien. A esta última idea quiero apuntar en esta breve reflexión sobre uno de los sentires más peligrosos y al mismo tiempo más común en nuestras comunidades cristianas.

 Ya nos advertía sobre el peligro de dejar entrar el miedo en nuestras iglesias, el recientemente fallecido teólogo alemán Jürgen Molttman:

“Cuando la religión del miedo se introduce en la iglesia, tiene lugar la distorsión y asfixia de la fe por parte de aquellos que se consideran sus mejores defensores. En lugar de la confianza y la libertad, se difunden la angustia y la apatía” (Molttman 2010, 43)

El apóstol Juan escribe en su primera carta:

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Juan 4:18).

Me gusta la traducción “El amor perfecto destierra el miedo” porque pone en evidencia un miedo que ha echado raíz en nuestra tierra, que ha vivido con nosotros/as, que lo hemos alimentado y cuidado para que siga creciendo. Y la única manera de sacar el temor es sembrando en nuestras tierras amor.

La palabra en griego temor es “Φόϐος” (phóbos) de donde viene nuestra palabra “fobia”. Juan está diciendo que el que permanece alarmado, con susto o miedo no está disfrutando del amor en plenitud. No estoy hablando de una persona que tiene un temor reverencial o un miedo repentino por algo, tampoco estoy hablando del miedo que podemos sentir al enfrentarnos a la discriminación y la violencia. El término apunta como mencionamos anteriormente, a un miedo que hemos cultivado, sembrado y regado, un miedo que se ha convertido en fobia. No quiero reflexionar desde la patología psicológica sino más bien prestar atención a cómo usamos este término de manera cotidiana, como por ejemplo cuando decimos, esa persona es “homofóbica” o como cuando la filósofa Adela Cortina nos habla de la aporofobia: “miedo y rechazo hacia la pobreza y hacia las personas pobres” (Cortina 2017). Estoy hablando de ese miedo que toma control de nuestras decisiones cuando nos enfrentamos a lo diferente.

Es lamentable que muchas de nuestras comunidades cristianas han fundado su misión sobre el miedo hacia el otro. Es fácil manipular a una comunidad con el miedo y muchos de los y las lideresas cristianas lo saben bien. La profesora de historia y estudios de género del Calvin University, Kristen Kobes Du Mez evidencia que cuando mejor se ha armado el movimiento evangélico es cuando han tenido un enemigo común. En su último libro Jesús y John Wayne, Du Mez vincula la idea del “macho protector” y del hombre blanco salvador del mundo a la retórica del miedo de la cultura evangélica.

“Generaciones de evangélicos aprendieron a temer a los comunistas, a las feministas, a los liberales, a los humanistas laicos, a los «homosexuales», a las Naciones Unidas, al Gobierno, a los musulmanes y a los inmigrantes, y estaban preparados para responder a esos miedos buscando a un hombre fuerte que los rescatara del peligro, un hombre que encarnara la masculinidad testosterónica dada por Dios” (2021, 25)

Es interesante ver cómo Du Mez nos explica cómo el patriarcado y el machismo de muchas de nuestras comunidades cristianas ha sido fortalecido por esta cultura del miedo, llevándonos muchas veces a elegir a gobernantes que prometen defendernos de los “malos”.

El miedo es un gran motor de la vida no solo para los cristianos/as sino en todas las culturas y en todos los tiempos. Esto lo podemos ver muy incluso en la cultura pop, en las películas de superhéroes. En Batman Begins, por ejemplo, tenemos al jefe de la mafia de Gotham City, Carmine Falcone diciendo frases como: “Uno siempre le teme a lo que no entiende” o “El dinero no tiene poder aquí abajo, sino el miedo”. En otra escena de la película, el entrenador del joven Bruce Wayne, Henri Ducard que en la película se revela como un antihéroe muy conocido en el mundo de los cómics, Ra’s al Ghul, dice: “Para vencer el miedo debes volverte miedo. Disfrutar del miedo de otros hombres. Y a lo que más teme un hombre es a lo que no puede ver”. Al dar un breve vistazo podemos ver que el miedo tiene mucho poder y que surge de lo que no podemos ver o entender. El miedo en muchos de los villanos y héroes de los cómics y las películas de superhéroes no es solo un motor de la vida de muchas personas, sino una forma de sobrevivir. Pero hay otras formas de enfrentar el dolor, por medio de la esperanza y la fe. Por eso se vuelve paradójico que sean justamente las comunidades de fe las que son guiadas por el miedo y no por la esperanza y la fe.

Esta cultura de miedo hacia aquellas personas, filosofías o formas de vida es lo que critica también James K. A. Smith en muchos de los teólogos y comentaristas políticos conservadores evangélicos como D.A. Carson, Millard Erickson, Douglas Groothuis o el difunto Charles Colson. Ahora puede ser la teoría de género, los y las migrantes y hace algunos años la posmodernidad “Para algunos, la posmodernidad es la perdición de la fe cristiana, el nuevo enemigo que asume el papel del humanismo secular como objeto de temor y principal blanco de demonización” (18, 2006). Pero Smith nos recuerda que el miedo no es una virtud cristiana. El miedo nos incapacita para ver al otro, para tener empatía y para florecer en comunidad.

Es difícil salir de esta dinámica del miedo porque opera en nuestras entrañas, somos entrenados en el miedo desde los medios de comunicación, desde nuestras escuelas, iglesias y casas. Hay toda una estructura de dominación que, como dice Laura Llevadot, “nos constituye y atraviesa, esa que reproducimos a cada instante sin apenas percatarnos” (Llevadot 2022, 23). Son dispositivos políticos que “nos precede y nos hiere” (Llevadot 2022, 15) antes incluso de ser conscientes de por qué hacemos lo que hacemos.  Dejé de ser profesor hace poco tiempo y me sorprendía ver que muchos de mis colegas transmitían sus miedos a los y las estudiantes, pero lo que más me sorprendía era ver cómo ellos y ellas lo hacían porque sentían que era su deber como cristianos y cristianas. Es importante recordar las palabras de James K. A. Smith reflexionando sobre el quehacer educativo y el miedo:

“El ímpetu de la escuela cristiana no es una preocupación proteccionista, impulsada por el miedo, para aislar a los niños del mundo grande y malo. Las escuelas cristianas no están llamadas a ser burbujas morales o refugios sagrados donde se anima a los niños a meter la cabeza en la arena. Más bien, las escuelas cristianas están llamadas a ser como Aslan en las Crónicas de Narnia: no seguras, sino buenas. En lugar de burbujas morales antisépticas, las escuelas cristianas son incubadoras morales que ayudan a los alumnos no sólo a ver las glorias de la creación, sino también a discernir y comprender el quebrantamiento de este mundo caído” (Smith 2013).

Quebrantamiento donde también hay belleza y verdad, como el propio Smith nos recuerda en la entrada editorial 120 de la revista Image, titulada “Humanismo encantado: monstruos y misterio en la contemporaneidad”.

En un ensayo titulado Una teología de la construcción de puentes interreligiosos, el teólogo Peter Dula toma el concepto de Ecotonos, “fronteras entre dos comunidades ecológicas diferentes”, donde se produce una variedad diferente de ecosistemas que no se encuentra en ninguna de las otras dos por sí sola, para argumentar que, aunque “la civilización occidental ha convertido a menudo las tierras fronterizas en espacios de desolación en lugar de fecundidad”, y como cristianos estamos llamados a vivir en espacios fronterizos donde podamos reconocer y dar testimonio del Espíritu Santo operando fuera de los muros de la iglesia. Peter Dula exhorta a los y las menonitas y a sus instituciones a vivir una misión donde no reine el miedo sino el rey que ya triunfó sobre el mal, el miedo y la muerte.

“¿Qué pasaría si nosotros, como menonitas y como organización como CCM, habitáramos estos ecotonos con esperanza en lugar de con miedo? ¿Qué pasaría si el CCM eligiera habitar estas regiones sabiendo que aquí es donde ocurren la creatividad, el renacimiento y lo que la iglesia llama reforma? ¿Y si CCM eligiera habitar las zonas fronterizas no porque se ha unido a los liberales y secularistas en la duda de la verdad de Cristo, sino precisamente por su convicción inquebrantable en el señorío de Cristo? ¿Y si el CCM optara por transformar la amenaza de la alteridad en oportunidad, negándose a dejarse controlar por el miedo?” (Dula 2007, 161)

Dula no se conforma ni con el exclusivismo arrogante de pensar que controlamos la verdad única y absoluta ni con el inclusivismo y pluralismo liberal que disuelve la diferencia y hace que no corramos ningún riesgo en nuestras conversaciones con el otro. Dula nos exhorta a escuchar pacientemente las “parábolas paganas” y las “parábolas del reino” que nos incomodan, desafían y amplían nuestra comprensión del Dios cristiano.

 

La invitación

“Una lengua cosida de relámpagos, con las puntas de la impureza y la fragilidad, lacerada por el misterio y la insurgencia” (Flores 2019, 31).

“La fe no es más que un nombre para aprender a seguir adelante sin conocer las respuestas. Eso es simplificar demasiado el asunto, pero al menos una afirmación así podría sugerir por qué me parece que ser cristiano hace la vida tan malditamente interesante” (Hauerwas 2012, 208)

 

El lenguaje que hemos heredado del imperio, de los gobiernos, de las instituciones y los burócratas es un lenguaje que nos hace desconfiar de nuestro prójimo, un lenguaje que, como dice la filósofa Laura Llevadot, “con sus códigos ya siempre preparados, piensa por nosotros” (Llevadot 2022, 26). La invitación es a crear otro lenguaje que no sea el del miedo.

El teólogo de la liberación Gustavo Gutiérrez entiende a la teología como un lenguaje que intenta decir algo sobre “esa realidad misteriosa que los creyentes llamamos Dios” (Gutiérrez 2003, 41) y nos anima a no tratarlo como a un objeto del cual podemos conocer todo o un enigma que es incomprensible sino como un misterio “un amor que todo lo envuelve, alguien que se hace presente en la historia y en el corazón de cada uno a través de un impulso vital y liberador” (2003, 41). Un lenguaje que nos permita ver y disfrutar del misterio para crear otras preguntas y ensayar otras respuestas. Una de las consecuencias más nefastas del miedo a lo desconocido es que nos insta a tomar el control. La invitación es destruir la ilusión de que debemos estar en control y saber todas las respuestas para vivir una vida plena. La invitación es a crear un lenguaje que nos permita imaginar otros mundos posibles donde el miedo no tenga la última palabra. La invitación es a enfrentarnos a lo desconocido y a la diversidad no desde el miedo sino desde la fe y esperanza. La invitación es crear redes con otras voces y otros cuerpos donde sea posible ensayar otras formas de amarnos y donde no tengamos miedo de dejarnos impregnar por nueva tierra para que florezca un nuevo tipo de vida. La invitación es a crear una lengua que persiga “el alboroto y el desorden de esas voces que organizan los protocolos de la normalidad, contrariando el imperativo tiránico de un llamado a ‘entender’ que supone la supresión de toda curiosidad y disconformidad” (Flores 2019, 36).

La invitación es a reconocer que nosotros/as no somos Dios, que nosotros/as no podemos salvar a nadie. Tal vez así podamos ser libres de vivir y mostrar el evangelio sin manipular, sin colonizar y sin violencia. Tal vez así podamos desterrar el miedo, porque podemos dar testimonio del misterio del amor que nos invade.

 


Bibliografía:

 

Cortina, A. (2017). Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia. Paidós.

Du Mez, K. K. (2023). Jesús y John Wayne. Capitán Swing Libros.

Flores, V. (2019). Una lengua cosida de relámpagos. Hekht.

Gutiérrez, G. (2003). La densidad del presente. Editorial Sígueme.

Hauerwas, S. (2012). Hannah’s child: A theologian’s memoir. Wm. B. Eerdmans Publishing.

Llevadot, L. (2022). Mi herida existía antes que yo: feminismo y crítica de la diferencia sexual. Tusquets Editores.

Molmann, J. (2010). El Dios crucificado. Editorial Sígueme.

Nolan, C., & Goyer, D. S. (2005). Batman begins. Macmillan.

Smith, J. K. (2006). Who’s Afraid of Postmodernism?(The Church and Postmodern Culture): Taking Derrida, Lyotard, and Foucault to Church. Baker Academic.

Smith, J. K. (2013). Discipleship in the Present Tense: Reflections on Faith and Culture. Calvin College Press.

Weaver, A. E., & Dula, P. (Eds.). (2007). Borders and bridges: Mennonite witness in a religiously diverse world. Cascadia Publishing House.

Jonathan Minchala

Jonathan Minchala Flores estudió grado y posgrado en comunicación, literatura y estudios de la cultura. Actualmente está haciendo un Doctorado Read More

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