El coraje de no desaparecer

Foto por Carolina Zambrano Foto por Carolina Zambrano

A veces hay que inventar un espacio intermedio entre las exigencias sociales y la nada absoluta, buscar la ausencia, sumergirnos en el vacío, desaparecer. “Hacerse el muerto por un momento […] es una manera de cambiar y no morir, de evitar matarse incluso”, dice David Le Breton. El asunto se complica porque somos animales de costumbres y puede llegar un momento donde sea cómodo estar atrapados en este espacio. Haré un breve recorrido por algunas reflexiones y prácticas que nos pueden ayudar a tener la valentía para no quedarnos desaparecidos.

Reconocer la falta de valentía: Abrazando nuestra vulnerabilidad

Paradójicamente hay que ser valientes para mostrarnos vulnerables. Paul Tillich nos dice que “el coraje de ser” conlleva siempre un riesgo y en una cultura individualista que busca triunfar a cualquier costo y en la que sospechamos siempre del otro, de la otra, es un acto de valentía dejarnos encontrar y compartir verdaderamente quiénes somos, incluyendo nuestros temores e inseguridades. Abrazar nuestra vulnerabilidad es otra forma de reconocer que somos seres creados, falibles, limitados y que dependemos de otras personas.

Exigir nuestros derechos es el acto de valentía más evidente en nuestros tiempos porque constantemente se les niega a muchos grupos minoritarios. Sin embargo, limitarnos a usar el lenguaje del derecho nos impide crear una comunidad sana. Debemos buscar otras formas de estrechar lazos o corremos el riesgo de crear una comunidad del miedo, donde lo único que tengamos en común sea el temor a la muerte y las estrategias de protección y muros que creamos entre nosotros y nosotras.

Uno de los mayores problemas es que cuando todas nuestras estrategias de defensa dejan de funcionar, la primera salida es dejarnos desaparecer. Se requiere valentía para enfrentarnos al mundo desde nuestra vulnerabilidad, resistir con nuestra presencia y dejarnos estar sin miedo.

“No dejando de congregarnos”: caminando en comunidad

Para ser iglesia no hay que estar necesariamente confinado a un espacio físico. La pandemia nos obligó a despertar nuestra creatividad buscando nuevas formas de hacer vínculos virtuales. En la iglesia Cristiana Anabautista Menonita de Quito se logró hacer reuniones con iglesias anabautistas de diferentes países e incluso se armaron canciones en conjunto. Se buscó con esmero formas de hacer participar a las personas a través de sus comentarios y preguntas y no presentar un simple espectáculo que no se diferencie mucho de ver algún show televisivo. Otras iglesias incluso idearon formas de armar pequeños grupos de manera presencial respetando el distanciamiento social. El asunto es seguir conectados y seguir escuchándonos. En nuestros cultos, tal como nos dice Nancy Bedford, “anticipamos en los rostros que nos rodean lo que será contemplar la belleza del rostro resplandeciente de Dios, cara a cara. Y seguimos adelante impulsados por el Espíritu de Vida, caminando paso a paso, siguiendo las pisadas de Jesús en medio de la belleza trágica de nuestro mundo, sedientos de la hermosura de Dios, la única capaz de curar nuestras heridas sin borrar nuestra historia”. Hoy más que nunca, hay que aferrarnos a nuestras comunidades de fe porque en medio de esta pandemia es muy fácil aislarnos, suspendernos en un vacío que nos adormece, creer que la ficción que hemos creado en las redes sociales es verdadera vida.

Bailar con la diversidad

El filósofo del Calvin College, James K. A. Smith, dice, en un artículo titulado “Enseñándole a bailar a un calvinista: sobre ser reformado y pentecostal”, que aunque intelectualmente no se cruzan los caminos del pensamiento pentecostal y reformado, él encontró que la experiencia de estas dos teologías convergieron en su cuerpo y se encontraban en él. Smith superó el miedo a esa espiritualidad diferente, más corporal y sensorial de los pentecostales y de esa manera logró reavivar su cristianismo. Para no desaparecer necesitamos sintonizar con nuestros contextos y estar dispuestos a aprender cómo el Espíritu se mueve a través de otros sentires religiosos. El historiador Justo L. González, en una conferencia dictada en Guayaquil sobre las misiones, afirmaba que no hay un “cristianismo”, hay “cristianismos”. Creo que así mismo podemos decir que no existe una sola forma de apropiarnos de la identidad anabautista, como afirma Dioniso Byler en una entrevista en Merienda Menonita, puede haber una sensibilidad anabautista en diferentes denominaciones. No se necesita un templo de cuatro paredes con un letrero grande que diga “Iglesia Menonita” y con una palomita de la paz para ver que “Jesús es el centro de nuestra fe, la comunidad es el centro de nuestra vida y la reconciliación con Dios y el prójimo es el centro de nuestra misión”. Si no aprendemos los pasos que Dios mismo le está enseñando a otras comunidades cristianas posiblemente vamos a quedarnos sentados en la banca esperando que alguien nos saque a bailar.

Presentar nuestros cuerpos ante Dios

Cuando era un adolescente, en mi iglesia y en los campamentos cristianos, se instaba a los y las jóvenes a practicar el tiempo devocional. Como una especie de protesta ante la corrupción y la hipocresía de algunas iglesias intenté alejarme de algunas de estas prácticas que me recordaban esa “religiosidad”. Con el pasar del tiempo he ido retomando y resignificando algunas de estas disciplinas espirituales como el devocional de la mañana, la meditación y las oraciones matutinas y antes de dormir. A veces es difícil saber estar solos y por eso nos llenamos de actividades. El tiempo de introspección y meditación ante Dios puede ser una forma de aprender a lidiar con nuestra propia presencia. Dejar por un momento suspendido el ruido de afuera nos puede ayudar a comprender nuestro propio ruido y afinar nuestro ser. Algunas personas pueden encontrar esta intimidad en el arte, la música, la pintura, en cocinar un nuevo platillo, en salir a caminar por la naturaleza, etc. Como Audre Lorde nos recuerda, “si mi cuerpo se hace una extensión de la música y se abre a una respuesta, escuchando los ritmos más profundos, así también se abren todos los planos de mi sentimiento a la experiencia erótica satisfactoria, tanto si es danzar como hacer una estantería, escribir un poema o analizar una idea”. Lo importante es no llenarnos de fórmulas o hacer una mera copia de lo que a otra persona le funciona, sino encontrar nuestra propia manera de volver a conectar con nosotros y nosotras mismas y con la divinidad.

Jonathan Minchala

Jonathan Minchala Flores estudió grado y posgrado en comunicación, literatura y estudios de la cultura. Read More

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