“Es ahora cuando por fin lo he entendido”

MATEO 5:9

Fotografías obtenidas por Javier Márquez Fotografías obtenidas por Javier Márquez

De este a oeste y de norte a sur viaja cada semana Carlos Sánchez por la ciudad de Medellín, cargando en su maleta una biblia, en sus pantalones de jean una billetera de cuero negra de Arturo Calle, un par de zapatillas de deportista urbano y cargando un pan debajo del brazo. No son suficientes los pasos en Medellín, para viajar por esta ciudad de encanto es requisito rodar, volar y trepar, todo en una misma jornada de obstáculos que fácilmente calificarían para un concurso de carreras.

Su esposa y colega en el ministerio, Nidia Montoya, es una mujer aplomada, con una sensibilidad de mármol blanco que le ha servido tanto para construir puentes de encanto como para esculpir experiencias reales de reconciliación y encuentros.

La tarea se describe fácil y se encuentra básica, pero hay que desentrañar desde los pies, porque no hay de otra manera, el corazón mismo de este ministerio. Pasean por toda la ciudad, entrando a casas, visitando familias, reuniéndose con enfermos, hablando con ancianos, aconsejando a jóvenes, discipulado a antiguos guerreros; preguntando por el muchacho y por la muchacha, preguntando por el trabajo y la enfermedad, y finalmente entregando pan en cada hogar en el que entran.

Esto que hacen con más de 40 familias se llama la Comunidad Anabautista de Medellín, y en este artículo, AW relatará lo vivido en una de las visitas que hizo Carlos en compañía de un equipo de la Conferencia Mosaico. La casa escogida fue la de Andrea, donde se reunieron su familia y colegas que son parte del grupo de los firmantes del Acuerdo de Paz, hoy excombatientes de la guerrilla de las Farc-Ep.  

Fotografías obtenidas por Javier Márquez
Fotografías obtenidas por Javier Márquez

Carlos abrió la biblia en el mismo pasaje que habíamos compartido en más de cinco casas durante toda esa mañana y leyó con voz clara: “Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos e hijas de Dios”. En el paso siguiente cerró el libro y se produjo un silencio profundo.

¿Quién hablaría a continuación? ¿Quién era apropiado que hablara?…

 Hasta que las palabras despertaron por fin, paulatinas, al inicio con temor, un poco menguadas, y desde la boca de uno de los excombatientes de la guerrilla.

Era un hombre de estatura promedia, 1.75, de piel roja como los indios, ojos brillantes de pupila café, con una mirada que hacía sentir que antes de ser miradas las cosas, previamente ya les había pasado la sombra por encima. Nos contó brevemente su historia, enfatizando dos cosas: por qué se había rebelado y por qué decidió unirse al proceso de paz.

En un instante nos transportó con él a uno de los capítulos de su vida, en las montañas vírgenes de las selvas colombianas, comiendo micos y vigilándolo todo, pero en una noche triste, de esa que tienen mala música, porque habían llegado noticias al campamento sobre una posible ruptura en la mesa de negociación con el gobierno.

Luego Marco pidió la palabra, uno de los acompañantes de la Conferencia Menonita Mosaico, un hombre arriba de los 75 años, con medio siglo trabajando para la iglesia. Antes de que logrará hablar se le entre cortó la voz, yo nunca había vito eso, y dijo:

 –En tantos años que llevo leyendo y reflexionando sobre este pasaje, es ahora cuando por fin lo he entendido-, su voz se le ahogó hacia el final de la oración.

Pareció que en ese instante toda desconfianza y toda prevención se disiparon, porque todos comenzaron a charlar. Andrea, la única de este grupo de excombatientes que hace parte de la Comunidad Anabautista de Medellín, recientemente bautizada, explicó sobre los desafíos que tiene la sencilla tarea de hacer la paz.

Habló sobre los incumplimientos del Estado, las diarias dificultades económicas, lo difícil que era ser madre en ese contexto de peligro y de estigma social. Ella era probablemente la vecina más querida del barrio, pero en el momento en que las personas supieran su pasado, todo entraría en juego, incluso su vida y la de su hijo.

Quienes hablaron de parte de la Comunidad Anabautista de Medellín y de la Conferencia Mosaico, reflexionaron ampliamente sobre el concepto de paz y los significados de ser hijos de Dios, pero aquellas personas que habían tomado su tiempo para recibirlos en una de sus humildes casas escondidas entre las comunas de Medellín, no gastaron mucho su tiempo en esas diatribas, prefirieron narrar su vida, su decisión de negociar la paz y más que nada sobre el precio diario de vivir con esa decisión.

Teniendo eso en mente, fue que Marco dijo lo que dijo. Por su lado Carlos fue el mejor director de orquesta durante el encuentro, con la experticia de quien mueve un bote por los recovecos y los manglares más angostos de una ciénaga que conoce a la perfección.

Preguntando lo adecuado, explicando lo obvio para los extranjeros: Que sí, que en Colombia hubo una guerra de muchos años, y que la guerra tenía sus razones históricas, que esa guerra tuvo víctimas, y sobre todo rostros, pero que en esa sala estaban presentes los rostros del pasado y del posible futuro, y que quizá no todos compartían nuestra fe, pero sí que tenían la suya, y eso los hacía hijos e hijas de Dios. Entonces repetía el versículo bíblico: “Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos e hijas de Dios”.

Marco se había ido a vivir a New York con su esposa Sandra más de 50 años atrás; cuando se marchó, el país era uno, y las noticias de décadas y décadas las leía en los periódicos, siempre embadurnadas por el mito y con un sabor de distancia cada vez más lejana y desconocida. No se imaginaba que a su edad estaría sentado frente a algunos de los protagonistas de esas historias que leía en la prensa, orando junto a ellos, y escuchándolos con tanta atención.

Noel, de todos era quien menos sabía sobre la realidad de ese país que visitaba por primera vez, y lo que para la inmensa mayoría pudo ser una visita turística, se convirtió en la experiencia más impactante de su vida. En pocos días tuvo que montarse en metrocables, sucesivamente, subir cientos de escalas mientras se adentraba por cuadras de los barrios hasta llegar a las casas más humildes que había visto en toda su vida, donde lo esperaban personas que él no sabía que lo esperaban. Cuando todo el mundo hubo hablado, Noel pidió la palabra y lo siguiente que hizo fue pedir permiso… ¿Pedir permiso para qué? básicamente para hablar de su fe. Cuando se le permitió hablar la expresión de todas las personas era distinta, ya no tenían el rostro de quienes leen hasta la roturación de los párpados, sino sencillamente lo escuchaban.

Claramente la intención no era predicar, así como la intención no era escuchar las bases marxistas leninistas de las extintas Farc-ep, pero en el ambiente se logró acentuar el tono y la misión de aquel encuentro que consistió siempre en hablar y en conocerse hasta siempre.

Fotografías obtenidas por Javier Márquez Como se ha mencionado, la Comunidad Anabautista de Medellín se reúne en las casas de las familias que hacen parte de esta red de acompañamiento. Es una comunidad que, junto a los pastores y los miembros del equipo pastoral, trabaja también con líderes de los barrios. Durante una semana de abril la Conferencia Mosaico visitó la iglesia y conoció directamente el trabajo de los pastores.

Nidia Montoya escribió lo siguiente:

“Acompañar y caminar juntos con hermanas y hermanos en Medellín nos permite seguir aportando a la construcción del Reino, aquí y ahora. El haber estado rodeados por Mosaico hace que se fortalezca aún más nuestro sentido y compromiso de Misión, el seguir los pasos y dar testimonio de Jesús.”

A su vez, Carlos Sánchez también estuvo feliz por la visita y compartió esto:

“Con mucho agrado recibimos la unción de parte de Marco y Noel de la conferencia Mosaico, quienes también caminaron junto con nosotros en esta construcción del Reino en justicia y paz a través de del pan y la leche”.

El equipo de Mosaico estuvo impactado porque el ministerio de esta comunidad de fe se fortalecía no sólo por el liderazgo de los miembros de la iglesia, sino que trabajaba directamente con líderes de la comunidad. Dos de ellas son Luz Marina López y Karen Serna, quienes también compartieron lo siguiente:

“La visita de estas personas a nuestro barrio fue muy gratificante para nuestra comunidad, porque a través de ellos y de todos nosotros damos un buen testimonio y podemos hacer realidad el evangelio…Con admiración”. Luz Marina

“El conocer personas nuevas y el saber su labor en el mundo, su forma de ser, pensar y lo increíble que pueden llegar a hacer es demasiado gratificante. Fue una visita inesperada que se volvió bastante importante. Es maravilloso ser conscientes que tenemos personas a nuestro alrededor con las mismas ganas de ayudar”. Karen Serna

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