La fe en días difíciles.

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Tengo días levantándome y preguntando al Señor por el sentido de la vida. ¿Qué caso tiene pasar por ciertas cosas?

Es probable que el lector se haya sentido así, al menos alguna vez en la vida: no hay trabajo, no se consigue trabajo, se juntan las crisis, alguien de la familia choca, se enferma o muere, se te pierde tu perro, se te cae el último billete que ahorraste camino a casa cuando decidiste irte caminando para no gastarlo en el transporte público y tu esposa te lía por cualquier motivo que olvidaste y… Llueve sobre mojado. Bueno, vale la pena preguntarse si la fe de verdad nos sostiene, o si se nos han caído los brazos.

Creo que no es que uno no tenga fe, más bien, que la insoportable finitud, vulnerabilidad y debilidad humana ponen a prueba la fe. Digo, si tuviésemos esa fe de “pare de sufrir”, o de “declare el fin de sus problemas, arrebátelo”, y semejantes slogans de marketing religioso, no nos daríamos cuenta que la fe es un constructo y es compleja. Ojo, no que sea un constructo en el sentido teórico, sino que se trata de un trabajo en equipo donde el Espíritu juega un papel importante dotando de sentido a la existencia, además de poner un sinfín de momentos y herramientas para mantenernos a flote. Nótese que no es una cosa abstracta, como la “voluntad de la vida” o “el universo trabajando en nuestra contra o favor”, sino que es una cuestión espacio-temporal. Es decir, se sitúa en una historia concreta en un contexto concreto.

Tu fe depende de la irrupción del Maestro en un tiempo y realidad determinados: este es el momento de la fe, y muchas veces empieza, está ya presente, en la tormenta, cuando pensamos que nos hundimos en la barca, pero algo nos despierta y nos impulsa a clamar “¡Maestro, que nos hundimos!”. Es decir, un hombre o mujer de fe, se ha dado cuenta que esta se construye a lo largo de la vida en una espera activa, donde la expectativa es sustituida por la certeza de que el Mesías te acompañará en el trance y la duda. Y al final, como decía mi amado hermano Juan Marcos Frederick, todo saldrá bien. Porque Él tiene todo el control, incluso de si dudamos de su presencia. Él sigue siendo Señor.

Antes de continuar, una cosa que en lo personal me da algo de paz mental, es que en el anabautismo existe el concepto de regeneración, muy diferente a otras concepciones de “salvación”, donde, por un lado y por arte de magia, el creyente debería cambiar de la noche a la mañana y ya no sufrir más. Todos tus problemas se acabarán. Son teologías escapistas.

En la regeneración nos encontramos caminando, día a día, en la senda trazada ya por el Señor en su discipulado, lo cual nos enfrenta a una situación particularmente esperanzadora: incluso el sufrimiento cobra un sentido distinto, nuevo, vivificante. No se niega el dolor humano, clave para encontrar el sentido de la existencia en un aquí y ahora, claro está, pero de lo que de pronto el creyente cae en cuenta, es que el Autor de la fe acompaña muy de cerca, aunque pasemos por el valle de sombra de muerte. O, en otras palabras, “en el mundo habrán de sufrir, pero no teman, yo he vencido al mundo…”.

Es importante anotar que, regeneración, también implica un amplio sentido de comunidad, donde en este doloroso, extraño, atormentador trance de entender qué pasa, la comunidad debe de jugar un papel importante en la fortaleza de sus miembros. Como hemos sido salvos juntos, debemos acompañarnos, alegrarnos, entristecernos, animarnos juntos. Entonces, la comunidad debe practicar la sabiduría, la escucha, la prudencia, la disciplina, la regla de Cristo, etc. Todo en vías de ganar a nuestros hermanos.

Sin embargo, a veces lo que la comunidad, muy religiosa, piadosa, excesivamente ortodoxa, hace, es todo menos escuchar con empatía al sufriente. Reaccionamos con slogans, con bibliazos, con dogmas, y hasta con condenas asumiendo que es imposible que los hombres y mujeres de fe se depriman, sientan dolor, caigan en dudas existenciales, ¡de pronto todo es una lucha espiritual! Quizás sí, quizás no. Pero recordemos: antes de intentar descubrir el meollo del asunto, nuestro Señor Jesús miraba a los ojos, tocaba, abrazaba, se hacía sentir presente en la vida del sufriente. Y luego hablaba con misericordia.

Es que a veces el miedo, el sufrimiento, la angustia y todo eso, nos hace sentirnos como ciegos. Es decir. No vemos el final del túnel, imposible visualizar una estrategia o qué se yo para salir avante. Jesús lo sabe. Siempre lo supo, por eso ese pasaje maravilloso donde, extremadamente sabio, pregunta (al borde de la obviedad): “¿Qué quieres que haga por ti?” (Lc. 18:41-43).

Esto es un gran ejemplo para saber cómo actuar con sabiduría de lo alto, como dice Santiago (Sant. 3). Jesús plantea un momento a alguien en profunda necesidad para que tome consciencia de sí mismo y de su situación particular. Nunca es tan obvio como para no preguntar, porque al contestar el hermano o hermana, cegados por su situación, “hechos bolas” como decimos en México (enredados, confundidos), necesitan hacer consciencia de su propio discurso. Pero para que esto funcione, se necesita alguien que escuche sin juzgar sobre si me estoy autocompadeciendo, o si es un problema de autoestima, o lo que sea. Porque el que el otro me escuche me ayuda al mismo tiempo a tomar consciencia de lo que estoy diciendo. Es decir: La escucha silenciosa, pero activa del que así lo hace con misericordia, me da la oportunidad de abrir el corazón y expresar, sin tapujos, caretas o filtros, cómo me siento, cuál es mi realidad actual, en este tiempo y en este espacio precisos. “Ah, caray, este soy yo hoy”. Eso sí que es comenzar a sanar.

Al cabo de la hermosa toma de consciencia, entonces es cuando se pide recobrar la vista. La vista como momento aquí y ahora, pero que mira al futuro. En nuestro caso, el milagro sería el abrazo acompañante de la comunidad al que sufre, un “estaré a tu lado mientras pasa el trance, cuenta conmigo”, “no dejarás de sufrir en automático, lo sé, pero te acompañaré en tu duelo”, “me sentaré aquí contigo y te escucharé sin juzgarte”, “quiero que sepas que he pasado lo mismo, pero entiendo que tú lo gestionarás distinto”, “ahora sé por qué exactamente orar hermano, lo haré con esperanza y con el corazón”, etc…

Hoy me levanté pensando sobre el sentido de todo.

Pero después del culto, mi hermano me escuchó, me animó y me hizo saber que está en pie de lucha junto conmigo. No encontramos respuestas inmediatas, ni nuestros problemas acabaron. Es más, hasta nos fuimos con otras cargas que no sabíamos que teníamos. Sin embargo, algo cambió. Sé que no estoy solo, y que pase lo que pase, mediante su amor y consuelo, el Señor estará conmigo. Y por eso regresé contento a casa, porque sé que mis hermanos estarán ahí hasta que pase la tormenta.

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