Mi perro (Reflexiones sociales y misión)

En la foto: mi perro, Canelo, mostrando un nivel inusitado de agresividad.

Mi perro es un rescatado pitbull. Más específicamente, es un “chamuco mexicano[1]”, raza no reconocida oficialmente, creada en los barrios populares de la Ciudad de México como perros para las peleas clandestinas. Es quizás por esa razón que la gente lo ve como una amenaza, sin conocerlo. Pero los dueños responsables de pitbulls sabemos que estos canes transpiran amor, energía, diversión, lealtad y una paciencia inquebrantable; excelentes y tiernos niñeros, siempre y cuando gocen, como todo perro, de una familia sana. Nada es sólo lo que se ve, pero a diario convivimos con más prejuicios que verdades. El prejuicio es igual al rechazo.

¿Y qué tiene que ver esto con el mundo anabautista? Bueno, los perros callejeros en Latinoamérica nos muestran una de tantas realidades de descomposición sociocultural. Estos pueden mostrar muchas cosas[2]: son un signo de la pobreza, muestran una irresponsabilidad ética, son la objetualización de muchas enfermedades emocionales, entre muchas otras cuestiones. Son parte de la periferia. Y es desde dentro de la periferia latina donde necesitamos situarnos para entender esta analogía, que puede funcionar no sólo con mi perro, si con cualquier característica particular de cualquiera de nuestras subculturas (el grafiti, las batallas callejeras de rap, el reguetón, la banda, el punk, el skate, etc.). Todos esos signos, esos símbolos, esos marcadores, esas características, esos ethos, son reacciones a algo. No siempre positivo, no siempre liberador. Pero dicen algo, muestran algo. Son, muchas veces, reacciones a secas; otras tantas tan poco propositivas como sólo alimentar perros hambrientos sin esterilizarles, sin cuidar higiene pública, etc. Reflexionar desde estas realidades, es el quehacer, la práxis de una teología encarnada. El concientizar el origen, los prejuicios, el sentido de ser de las cosas es desde donde parte nuestra misión, en el camino, haciendo, conviviendo, compartiendo, viviendo y transformando.

Creación de identidades: el otro reducido al prejuicio.

El ser humano alejado de Dios ha trastocado todo desde un principio. El ser humano alejado de Dios ha querido, en un acto de entera arrogancia, darle el sentido antropocéntrico a las cosas. El Yo-sobre-Dios, como acto de rebeldía, se impone como la ideología del siglo presente. ¿Qué habrá pensado el Señor cuando creó los perros? No lo sé, pero seguramente los vio, “y vio que eran buenos en gran manera”. Sin embargo, la modernidad egocéntrica-antropocéntrica, ha querido “crear” una identidad distinta a la de Dios. No sólo en los llamados “perros de trabajo”, sino en aberraciones genéticas como pugs[3] y semejantes, hasta las “razas agresivas”, ya no para cuidar el ganado en el campo, sino para la perversa diversión que hace uso de la violencia, como los perros de pelea, acentuando un instinto natural hacia una perversión humana. Las razas de pelea son pecado, y me parce que, al fomentar una extensión de la violencia humana hacia la naturaleza intensionalmente[4], uno grave.

De la misma manera muchas personas nacen dentro de una “realidad modificada” por el pecado: en desigualdad social, en desigualdad económica, en desventaja cultural; con enfermedades causadas por la pobreza, etc. Muchas personas nacemos ya con una “identidad creada”, es decir: donde naciste, eso eres… ¡no tienes la posibilidad de construir futuro! Tu “yo”, ya no es proyecto, sino una pieza del engranaje. Jesús dijo “cualquiera que haga caer a uno de estos, los más pequeños, mejor le sería atarse una rueda de molino al cuello y echarse a un pozo (Mar. 9:42)”. Bueno, no hace falta descubrir el hilo negro del asunto, tan sólo asomarse por la ventana y ver que muchos de esos pequeños también son producto de una realidad estructurada por tantísimos factores violentos que rebasan por completo lo que entendemos por “una vida digna”.

Y he ahí la analogía del prejuicio: la gente que no conoce a mi perro, porque es un pitbull, huye de él, porque debe morder, ser malo y agresivo. La gente huye de los prójimos de la calle, porque deben ser delincuentes. Nada más hace falta que un muchacho tenga un tatuaje para que nuestros santos ojos dedicados al ayuno y a la oración volteen para otro lado y sean como el levita que no quiso ver al que habían asaltado. Pero, quizás debiéramos aprender del samaritano, y antes de activar el prejuicio, actuar con misericordia: ¿qué lo llevó a formar parte de ese grupo?

Pero no importa el prejuicio. Un pitbull demuestra amor cuando lo aman. Su agresividad callejera se torna lealtad y amor perruno cuando tiene una figura de autoridad, una guianza. El prejuicio identitario del perro es redimido. Asimismo, los verdaderos discípulos ven a una persona y abren los brazos a la transformación, y antes de operar el prejuicio, aman, denuncia, restauran; ponen límites, liberan, sanan, acompañan. Y también rescatan. Los que llevan el amor de Cristo al extremo redimen, porque también han sido redimidos. Se meten donde no los llaman, platican con quien no los quiere escuchar, hacen el bien donde se necesita que la gracia sobre abunde. No se fijan en los tatuajes de gotita en la comisura del ojo, ni se asustan de los collares dorados de marihuanas, ni de lo mal hablado o el olor a pegamento de los invitados a la mesa. Y si, honestos como son, dicen: “¡ampárame Señor, que este sí que está rudo!”, de todos modos, el Espíritu va con ellos.

El “determinismo pecaminoso” de la identidad.

Estas realidades demuestran algo más profundo y complejo. Es decir, es peor de lo que se ve. No sólo se trata de un prejuicio identitario, sino de un determinismo social, de una identidad prefijada y “necesaria”, ya dada (ya impuesta), una pérdida absoluta de la libertad, de la posibilidad de ser.

En los perros como el mío, el determinismo está presente en el pecado humano de crear razas agresivas para la “diversión” o para las ganancias mal habidas. Mi perro iba a ser un “chamuco mexicano”, pero de pronto Dios nos lo mandó. Y de pronto, sin ser expertos en etología, nos damos cuenta que tiene carácter, sentimientos perrunos, un lenguaje. No es agresivo por naturaleza, sus instintos pueden ser liberados.

En las personas pasa similar. Las sociedades están cimentadas en la “normalización” del mal en la pobreza y sus signos y lenguajes, como la música, el ambiente, etc. Muchos jóvenes crecen creyendo que no hay otra forma de ser. Es decir, ni siquiera ven la necesidad de ser distintos. Han sido programados para el determinismo. Su realidad es limitada, su libertad coartada. Han sido oprimidos por un sistema-vida alejado del Reino. En este esquema las cosas son como son. Y es incluso normalizado el crimen, las violaciones, la droga, la huida a E.U. etc. La delincuencia no nace de la nada, o porque sí; no se le puede atribuir a una simple mala influencia, o a un “demonio de delinquir”. ¡Es en la familia donde se crean los delincuentes, violadores, drogadictos, violentos, huérfanos, etc.! Padres ausentes, madres sin edad suficiente, niños venidos al mundo sin amor… Pero es una cuestión diabólica mantener “las cosas así como están”. El Evangelio es fundamentalmente un enorme NO a objetualizar y alienar al otro como cosa. Jesús nos enseñó harto bien la otra cara de la moneda al tener un celote, un cobrador de impuestos, un pescador como sus amigos. Eso sin contar que, la comunidad, la verdadera comunidad de Cristo es la comunidad de los “ex”: ex mentirosos, ex indisciplinados, ex soberbios, ex amantes del dinero, ex asesinos, ex drogadictos, ex prostitutas, ex… (y por eso nos ha dado el ministerio de la Reconciliación). En el Reino de Dios, todos son proyecto futuro. Todos.

La iglesia debe ser alternativa. Una gran familia motivadora de cambios, creadora de consciencia, abrazadora, escuchadora, amorosa, donde la autoridad faltante se muestre en acciones concretas de liberación. La iglesia no cree en determinismos.

Espacios negados.

Y finalmente la última analogía: mi perro no puede entrar a un montón de lados, ¡lo siento amigo!

¿Y las personas…? ¡Caray, que a veces les cerramos hasta las puertas del recinto consagrado a la ministración del Señor para con su pueblo aleluya amen gloria a Dios (sic)! Jesús dijo que los menos indicados para entrar en los recintos sagrados, son los verdaderos convidados a Su mesa. Para un perro, el seno familiar es sagrado. Para las personas debe ser mucho más. ¡La Nueva Familia de la Fe es el semillero de su liberación! La puerta angosta de la salvación está esperándoles, detrás está esperando el Pastor de las ovejas, y su comunidad, aunque no sepamos cómo son, ni de dónde vengan. Son todos los que están por los caminos o aldeas: “¡venid a mi todos los que están cansados de una sociedad descompuesta, que yo les haré descansar de determinismos y prejuicios, y les daré una familia nueva, donde sean consolados!”.

En la iglesia de Cristo, determinismos y prejuicios están destinados al fracaso. La gente tiene que encontrar en nosotros modelos alternativos, sanadores, liberadores, restauradores, capaces de poner límites, de echar fuera la maldad.

Por cierto, mi perro sigue en proceso de transformación. Yo sigo en proceso de transformación. La iglesia sigue en proceso de transformación, y mediante la iglesia, el barrio, la ciudad, el mundo. Pero eso sí: sin prejuicios y determinismos sociales, podemos ver la otra cara de la realidad, ahí, donde todos podemos ser liberados y formar parte de una familia nueva, restauradora. O de una manada restauradora, según sea el caso.

[1] “Chamuco” es igual que decir “diablo” o “demonio”. Se asocia a alguien muy malo.

[2] Sólo hace falta ver las estadísticas de cuántos miles están en situación de calle, y en qué tipo de barrios se aglomeran más, conviviendo con qué tipo de gente. Ejemplo: De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), en México hay alrededor 23 millones de mascotas, sin embargo, el 70% de los perros y gatos se encuentran abandonados, es decir, solamente 5.4 millones viven en un hogar y el resto habita en las calles.

[3] ¡Perros que no pueden usar su olfato correctamente! SU olfato. Es como estar ciego, o no poder oír.

[4] Es con “s”, se remarca el sentido consciente y racionalmente trabajado del término.

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