¡Cómo no tienen una mesa!

Felipe Preciado y Diana Cruz Felipe Preciado y Diana Cruz

Felipe Preciado y Diana Cruz son una pareja colombiana que prácticamente ha dedicado sus años de juventud al servicio, antes como solteros y ahora como casados.  Se hicieron novios en los Estados Unidos, cuando eran voluntarios de IVEP, y contrajeron matrimonio después de volver a Colombia.  

Quien no los conoce, pensará que la pasión que  siente cada uno por el servicio empezó en los Estados Unidos, pero si así fuera comete un error, porque ya temprano, desde sus primeros años en Colombia, se había incubado este sentimiento que les depararía un porvenir prometedor.  Eso sí, ambos desde lugares particularmente distintos. Felipe, desde La Mesa, un pequeño pueblo al sur occidente de Bogotá, que desde lejos se ve como si se fuera implantado sobre un helecho en las montañas; y Diana, desde Bogotá, esa ciudad inmensa e interminable. 

De todos modos, se diría que fue en los Estados Unidos, en su tiempo de servicio con la iglesia Menonita, donde por fin empalmaron sus caracteres similares adobados por dos personalidades muy distintas, y sobre todo en eso que les menciono: una pasión intensa, demasiado clara y tenazmente decidida de servir, y más que nada, servir en misiones.  

“Algo que pensábamos de novios es que nos casamos y nos vamos”, Felipe Preciado.

Movidos por esa idea fue que recién llegados a Colombia comenzaron sus preparativos. El gran año fue el 2015 y terminaron viviendo en un apartamento con una cama y una silla “¿Para qué muebles, mesas, cuadros y ollas?” Si al final todo sería dejado detrás cuando tomaran su siguiente avión, lo cual en las estimaciones de la pareja seguramente sería muy pronto.

Hoy que los he entrevistado, yo llamando desde Colombia y ellos respondiendo desde Bolivia, asisten a la cita virtual vestidos con ropa de tela africana, juntos, igual que la primera vez que los entrevisté, y juntos venían de blanco, coincidencia que explican con un conjuro de superstición conyugal, y de humor, porque juntos aceptan que, a pesar de la insistente y espontánea uniformidad, sus personalidades son realmente muy distintas. Entonces miran a la cámara y juntos me aseguran que, en aquellos días, cuando apenas contaban meses de matrimonio, creían que todo sería tan rápido y sencillo como hacer sonar los dedos, pero sorpresa, no fue así. 

MESA DE BOLSILLO

A pesar de su atípica reticencia de comprar ollas, al final cedieron. Y tuvieron la fortuna de ir recibiendo utensilios domésticos que llegaban de todas partes, de inusuales seres que no concebían un matrimonio sin muebles, así fuera por la urgencia de convivir quince días como Dios manda antes de salir a servir. Entre todos ellos un familiar de Felipe, que una vez estando de visita, extendió los brazos y exclamó medio alarmado: “¡Cómo no tienen una mesa!”. Lo que no sabía era que ese espacio vacío en el salón, no era cosa distinta a un sonoro símbolo de la voluntad de la pareja, no de no tener mesa, sino de ahorrarse la molestia de dejarla en un único sitio, para estar llevándola con ella a donde fuera que la vida les tuviese por destino próximo. 

¿Cómo llegaron a Benín?

INSTRUCCIONES DE UN AMIGO AFRICANO.

Un amigo que tenemos en común, quien años atrás sirvió en Colombia por unos años, a modo irónico una vez respondió a la pregunta ¿Cómo llegas a África? con claras y detalladas instrucciones: “Primero vas al terminal de buses central y compras un tiquete para la costa, luego en Santa Marta tomas un barco para África. Cuando llegues a África, pides un carro, y cuando el carro no pueda andar más, ya sea por expiración o por sindicato automotriz, tomas un camello, al final tomas una bici y cuando llegues llamas para que te recojan –olvidé donde iba el bote”.

Por ser un amigo en común esta remembranza fue un motivo de risa compartida. Inmediatamente Diana, que parece que emplea cada palabra como una especie de carta que utiliza debajo de su constante sonrisa, ha aprovechado el momento para explicar que efectivamente la idea que se tiene de África es la de un lugar muy lejano y muy distante, y aunque sí es lejano, ciertamente puede que en conclusión no sea tan distante a la realidad latinoamericana, sino que se podrían construir muchos puentes tanto en los sentidos del carácter, en los estilos de vida y de la historia de ambos lugares. 

Diana habla en ese código, que es el de la reflexión, o sea, trata de explicar todo desde un punto de vista consciente, atento e intuitivo de la vida. 

PUENTES

Para que la pareja llegara a África primero seguiría un tiempo de servicio con los jóvenes de su país y una serie de circunstancias que solo pueden coincidir a partir de la resuelta voluntad de Dios. 

En resumen: 

Hablaron con el pastor Pedro Stucky, por quien comparten la opinión de ser una persona que “facilita procesos”.

Justo la siguiente semana coincidió la visita de Linda Shelly a Colombia, quien funge como directora de la Red Menonita de Misiones para América Latina; y el pastor Pedro Stucky aprovechó y llevó a la pareja para entrevistarse con ella. Ellos le expresaron, “Queremos servir en África”. Linda hizo el puente con las personas correctas y cinco años después de volver de los Estados Unidos, y tres de estar casados, Felipe Preciado y Diana Cruz se convirtieron en la primera pareja colombiana en ser enviada por la Red Menonita de Misiones a Benín, donde sirvieron en La Casa Grande. Un hogar para niños que han perdido sus padres.

LES QUEDABA TRES AÑOS…

Durante sus primeros días en Benín, acaecía fugazmente la certeza de que su tiempo allí no duraría para siempre, y que justo por eso era importante vivir cada instante sin ninguna abstracción. Pero además se sabía que tres años no era un tiempo corto, y entendiendo que la dimensión del tiempo se mide con una regla más pequeña conforme la gente va envejeciendo, Felipe y Diana sentían los días que les quedaba por vivir en África como una ola inmensa. Hoy, por el contrario, cuando viven en Bolivia y cada vez se queda más y más atrás su vida en África y la juventud se acorta, a ambos les parece que el tiempo fue corto y se fue rápidamente. 

Similar fue con las amistades que formaron en Benín. Cuando el tiempo se había ido, y solo quedaban semanas para su vuelta a América, la gente no entendía cómo se podían ir “anticipadamente”. –¡Pero ustedes han venido a quedarse por tres años!- repetían sus vecinos, a quienes les parecía imposible que tres años hubieran pasado tan rápido. 

Entonces, nadando en la borrasca que la noticia de la despedida les había dejado en el alma, pero sin perder un minuto, comenzaron a venir a su casa trayendo regalos de despedida, cartas, palabras y cantando las canciones que habían aprendido en clase con Diana, su maestra de español e inglés. 

Leo, el primer bebé que muchos años atrás había llegado a la Casa Grande, y quien ya había terminado los estudios que el hogar podía ofrecerle, junto con algunos de sus hermanos de Casa Grande, entonó en la despedida de Felipe y Diana una canción que a ambos les gustaba cantar: “En la vida encontrarás, mil preguntas que hay sin responder, aprendiendo la lección que las cosas no son como tú crees” (Canción de la película El Rey León 2).

LAS COSAS NO SON COMO TÚ CREES

Diana – ¿Qué es lo que nos suele venir a la mente cuando nos mencionan África?- Yo respondo que lo típico: los niños, el hambre. Luego Felipe prosigue: – Sí, exacto. Un montón de imaginarios. Pero hay que ir y ver que esos niños tienen una vida, una historia, son personas con sueños, con dolores, con desafíos; con su temperamento, igual que nosotros.- Luego Diana retoma la conversación: – Es muy importante notar que somos muy similares, pero a la vez diferentes. Latinoamérica y África. Igual que nosotros, ellos son un pueblo con múltiples identidades, historias de resistencia, de dignidad, de injusticia, de luchas, de opresores. Pero fue vital comprender que llegábamos no a enseñar, sino a aprender. 

La Casa Grande es un hogar que se creó para recibir y cuidar de niños que han perdido sus padres. Allí se vive en comunidad de la forma más natural, no es un laboratorio para “vivir la fe en comunidad”, sencillamente se es comunidad. Los inspira su fe y el motor que mantiene a flote y mueve el curso de la pesada embarcación del hogar no son el sentimiento de deber religioso sino el absoluto y entregado amor. Así explica Felipe el hecho de que, por muchos años de sus vidas, varias mujeres y hombres de Benín se hayan entregado en cuerpo, alma y espíritu en el cuidado de treinta niños y niñas.

Felipe llegó a colaborar en las tareas agrícolas y pecuarias mientras que Diana fue la profesora de idiomas en la escuela que la Casa Grande tiene. Para ninguno fue sencillo, entre todo, como el hecho de ser extranjeros y también era difícil poder comunicarse en un idioma que no era el propio. Fue lento el proceso de adaptación a las diferencias culturales, aprender los nuevos códigos, comprender los nuevos acentos de la vida. 

Diana, cuyo trabajo requería de comunicación diaria, al comienzo simplemente no sabía cómo dar instrucciones en francés, la lengua que se habla en la escuela. Finalmente fueron los estudiantes, y sus años de aprendizaje en la academia y de lecturas sobre el tema, quienes “me enseñaron a cómo ser su maestra”. 

En la mente de Diana y Felipe, iban para servir en África, y el pasar de los días les enseñó que la misión realmente es convivir con la gente. 

“En Benín las personas viven sin tanto afán. La gente no es esclava del tiempo. Cuando nos invitaban a sus casas, a medida que se iba construyendo confianza, nos sorprendía que eran muy pocas las palabras que se decían (para el estándar colombiano). El silencio era común. Luego comenzamos a comprender que lo importante es estar, acompañar, más que cualquier otra cosa”. (Felipe Preciado)

“Cuando nos enseñaban a valorar el silencio en realidad nos enseñaban a valorar a la persona. También fuimos testigos de lo diverso que es Dios, y dejamos una hermosa familia en Benín. Aprendimos que en África tienen su propia manera de entender el mundo y la vida. Benín nos rompió los esquemas”. (Diana Cruz)

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